Llevaba varios días celebrando el acuerdo alcanzado con la empresa proveedora de banda ancha (apenas $24.90 al mes) cuando el capitalismo me puso ante una encrucijada. Mediante una llamada telefónica, una representante de la competencia me ofreció el mismo servicio... ¡a sólo $19.90! Sí, $19.90 por mes durante 6 meses. Increíble.
(No digo cuál es la competencia hasta que no auspicien el blog)
Cuando la emoción me embargaba recordé momento difíciles, tiempos en los que los defensores del libre mercado me parecían unos mentirosos: prometían un paraíso de empresas peleándose por mi lealtad, ofreciendo mejores servicios por un abono cada vez más económico, adecuándose a mis necesidades de consumo, tan interesados en retenerme que hasta pondrían la fecha de vencimiento de la factura unos días después de mi fecha de cobro; como para no abrocharme de movida al segundo vencimiento...
Me paralicé. Empecé a preguntar si $19.90 era el precio final; si no me cobraban el módem, la instalación, algún plus por la velocidad, los gastos de la llamada, no sé, algo... Del otro lado se escuchaba: "precio final, precio final, precio final..." a cada embate de mi paranoia.
Corté. Calculé qué utilidad podría darle a los $5 pesos que me ahorraría al mes durante un semestre. Nada menos que $30 de bonificación gracias a la sana competencia en el mercado de la banda ancha. Y dije, "ya está, mando a lavar el acolchado... la última vez que pedí helado mi hija hizo pinturas rupestres con la crema moka y está muy roñoso... 30 mangos debe ser suficiente".
Error.
Pasé por la lavandería. Lavado a seco: $80. ¡¡¡¡80 pesos para borrar los dibujos de helado de mi acolchado!!!! Creo que las tintorerías deberían reflexionar.
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